Frances Tiafoe comenzó su andadura en el tenis utilizando únicamente los ojos. Mientras su padre trabajaba en el servicio de mantenimiento de una academia para jóvenes promesas, él pasaba horas pegado a la valla, observando obsesivamente cómo entrenaban otros niños. Posteriormente, agarraba la primera raqueta que encontraba y repetía contra una pared los movimientos que había memorizado. Si alguna pista quedaba libre, practicaba el saque, la mayoría de las veces en soledad, sin nadie al otro lado de la red. Aquel crío, forjado en la observación silenciosa, se prepara ahora para disputar las semifinales del US Open contra Carlos Alcaraz.
Una infancia entre camillas de masaje
En un deporte que habitualmente exige a las familias un desembolso económico considerable, la trayectoria de Tiafoe resulta insólita. Frances es hijo de dos inmigrantes que se conocieron en Estados Unidos tras huir de la guerra civil de Sierra Leona; al poco tiempo nacieron los gemelos, Frances y Franklin. La familia se estableció en Maryland y el padre, Constant —quien más tarde adoptaría el nombre de Frances Tiafoe Sr. en honor a su hijo—, encontró empleo en la construcción de unas instalaciones de tenis. Su dedicación gustó tanto que, al finalizar las obras, se quedó como responsable de mantenimiento.
Para sacar adelante a la familia, el padre acumulaba horas extra, tantas que acabó resultando más práctico mudarse a una sala vacía dentro del propio recinto deportivo. Dado que la madre, Alphina, trabajaba como enfermera en el turno de noche, los gemelos vivían allí con su padre cinco días a la semana. Tiafoe recordaba en un reportaje cómo era aquel improvisado hogar: una sala minúscula con dos camillas de masaje; el padre dormía en una y los dos hermanos, todavía pequeños, compartían la otra. Los empleados de la academia aún recuerdan a aquel niño sentado en un banco, con las piernas colgando sin tocar el suelo, absorbiendo las clases ajenas como si el tenis fuera un veneno que se le metía en la sangre.
El pulido de un talento bruto
Este aprendizaje autodidacta duró desde que sus brazos tuvieron fuerza para empuñar una raqueta, hacia los cuatro años, hasta que a los ocho captó la atención de Misha Kouznetsov, un entrenador ruso contratado por el centro. Aunque Frances no era alumno oficial —jamás habrían podido costearlo—, Kouznetsov quedó impresionado por sus condiciones físicas y su voracidad, y comenzó a entrenarle en sus ratos libres. Ese origen atípico dejó huella en su juego profesional, con una técnica menos académica de lo habitual pero tremendamente efectiva. Bajo la tutela del ruso, Tiafoe se convirtió en una de las grandes esperanzas estadounidenses, liderando una generación que incluye a Taylor Fritz, Reilly Opelka y Tommy Paul.
El tenis pasó de ser una vía para conseguir una beca universitaria a una carrera profesional de éxito. Tiafoe destacó pronto como un jugador rápido, potente y ambicioso. Con apenas 20 años alzó su primer título en Delray Beach eliminando a su ídolo, Juan Martín del Potro, y poco después se plantó en los cuartos de final del Open de Australia ante Rafa Nadal.
Surrealismo en la fase previa de Australia
Precisamente en el Open de Australia, pero en una historia mucho más reciente y rocambolesca, el tenis estadounidense ha vuelto a ser protagonista gracias a Nishesh Basavareddy y un error insólito de su rival. Durante la fase de clasificación, el austriaco Sebastian Ofner aprendió por las malas que el partido no termina hasta que el marcador lo certifica oficialmente.
En un duelo reñido que requirió un match tie-break para decidir al ganador, Ofner cometió un error de cálculo monumental. Al llegar a los siete puntos, el austriaco levantó los brazos y caminó hacia la red con gesto triunfal, convencido de haber ganado el encuentro. Sin embargo, el juez de silla tuvo que frenar su euforia para informarle de la cruda realidad: el desempate era a diez puntos, no a siete. Basavareddy, que en ese momento perdía 1-7 y estaba prácticamente desahuciado, vio el cielo abierto.
La remontada psicológica
El joven estadounidense de 20 años confesó después que, al verse tan abajo en el marcador, ya casi había asumido la derrota. No obstante, el despiste de su oponente cambió la dinámica mental del encuentro. Al ver que Ofner se tensaba tras el bochorno de la celebración fallida, Basavareddy se aferró a la pista. Ganó ocho de los siguientes nueve puntos, salvó dos bolas de partido y acabó cerrando el encuentro por 4-6, 6-4 y 7-6 [11].
Desde la grada, Gilles Cervara, el técnico francés que llevó a Daniil Medvedev al número uno mundial y que ahora entrena a Basavareddy, tomaba notas frenéticamente en un cuaderno. Sin duda, la página dedicada a las lecciones de ese desempate debió terminar convertida en un caos de anotaciones. «Vi que se puso tenso, pero las bolas estaban viejas y cada intercambio era una guerra», declaró Basavareddy, confirmando que en el tenis, ya sea observando desde una valla como Tiafoe o aprovechando un despiste ajeno, la clave reside en no dejar de creer hasta el último punto.


