Cierro los ojos y juro que aún veo a esa pelota flotar por el aire con la belleza propia de una parábola invisible que tiene estampado el destino de la gloria eterna. Quizás no crean esto que afirmo, pero puedo jurar que todavía la veo volar. De repente mis ojos se abren y tras el grueso cristal que me amplifica la vista como sentencia perpetua del paso de los años, miro reflejadas a mis dos manos y me las froto para darme cuenta de que estoy despierto. Las siento. Estoy vivo. ¿Fue aquello un sueño entonces? Claro que no. O quizás sí. Sea como sea creo que es algo que vale la pena volver a vivir. Porque yo sé que estuve ahí. Lo sé.

De hecho, desde que tengo memoria de haber abierto los ojos por primera vez tuve a Racing en la piel. Y en este caso, no por mi viejo. El no era de Racing, pero con orgullo y mi pecho inflado tengo que confesar que lo hice yo de la Academia. A mí me pegó el amor por estos colores un tío, que no era de ir mucho a la cancha pero mantenía un sentimiento inoxidable por el blanco y el celeste. Y a mis infantes dos años de edad -¡Cuánta nostalgia al recordar esos flashes vivenciales en este momento, por Dios!- un buen día el se encargó de regalarme una camisetita que sería mucho más que eso para mi persona. En esa época además era inusual obsequiar una casaca, ya que casi no estaban a la venta. Por eso siempre tuvo un valor extra ese momento en el que dejaron caer sobre mi cuerpito el manto sagrado. Y vuelvo a refregar una mano con la otra para sentirme vivo de nuevo, mientras mi mente viaja varias décadas hacia atrás para hacer que esos momentos me vuelvan a acompañar de nuevo.

Y así comenzó mi amor por Racing, al que más tarde se le sumó mi consecuente amor por la pelota, obviamente. Nací en Belgrano. Lejos de Avellaneda y de mi club, pero en una zona que siempre se movió al sonido de la pelota de cuero viajando de un lado a otro. Dado que mis padres no eran de ir a la cancha y más tarde en la vida yo los introduciría en esa experiencia con el Cilindro como escenario, la relación que me vinculó al juego provino igualmente desde la herencia: mi hermano mayor y otro tío eran hinchas de Defensores de Belgrano; aunque con el tiempo también logré que me acompañaran seguido a ver a la Academia y eso siempre fue un motivo más de alegría propia. Pero cuando yo era muy chiquito, ellos seguían los sábados a Defensores y los domingos se iban a ver al River que hacía época de la mano de “La Maquina” y también a Platense, porque también era de la zona. Entonces, si la premisa era ir a ver fútbol ya se sabía que no había manera de negarse a tal precepto. Pero no era lo mismo que ir a ver a otro club que ir a ver al tuyo. Y de esto me dí cuenta en ese entonces, tal como lo siento ahora mientras mis manos se calientan la una a la otra al abrigo de mis recuerdos.

Con el paso del tiempo los consecuentes sentires por mi equipo y por el deporte en general me hicieron formarme en la profesión del periodismo, que ha sido y sigue siendo uno de los amores y motores de mi vida. Pasé por todos lados e hice de todo. Y la verdad es que no me puedo quejar, porque al día de hoy y a pesar de que el paso del tiempo a veces no me permita hacerlo del modo en que quiero, sigo inmerso en este mundo que tantas satisfacciones y también tantas rabietas me hizo pasar. Trabajé en medios gráficos, televisivos y también radiales, fuí profesor y tambien director de la entidad madre en ese sentido dentro de nuestro país. Y para sumarle un poroto más a este relato -o lo que sea que esté surgiendo desde mi memoria y mi corazón en este momento- despunto el vicio desde hace algunas décadas en una transmisión partidaria de nuestro amado Racing Club, como no podía ser de otra manera. Con ella me dí el gran gusto de poder seguir al equipo por todos lados, de entregarle a la gente que me escuchó un poco de ese amor que los colores me forjaron y del saber que me dieron los años de trabajo, junto a la chance de volver a gritar fuerte un campeonato después de varias décadas de tener atorada esa voz en la garganta y ese sentir en el alma. Y que lindo es poder recordarlo de nuevo. Volver a vivir lo ya vivido.

Pero no quiero gastar pólvora en chimangos. Que el tiempo vuela -¡Si lo sabré yo o quien en este momento hace suyo el relato de este jovato!- y esto se trata de la cabeza, el corazón, un grito de campeón y ese momento que tuve la suerte de vivir junto a unos miles de privilegiados como un regalo que me dieron la vida y el fútbol. Todo se trata de Racing. Pero no de cualquier Racing. Porque cuando mi introspección se hace carne y le gana la batalla a lo avejentado que, en teoría, mi ser debería estar aparece una postal de imágenes que se suceden. Fotogramas con relieve. Voces con ecos que resuenan. Momentos que mezclan lo que queríamos que pasara con lo que en realidad pasó. Y fue así. Sé que pasó. Yo vi a Racing salir campeón mundial. Ahora todo fluye de nuevo.

Un año antes de la coronación en suelo charrúa yo estaba muy metido con el fútbol. Tenía 25 años y estaba ávido de seguir descubriendo el mundo de una profesión que disfrutaba y que, de vez en cuando, también me permitía despuntar el anhelo de ver al equipo de mi vida. En el ´66 trabajaba en la TV junto al padre de Alejandro Apo. Televisábamos los partidos de Tercera División, pero después me quedaba en la cancha y así podía ver también a la Primera. Así disfruté mucho de la escalera ascendente hacia la gloria del Equipo de José: primero el título local y luego la obtención de la que quizás haya sido la Copa Libertadores más difícil de la historia. Así la subida llegó hasta el último peldaño, a sabiendas de que solo había un escollo que impedía la gloria: el Celtic escocés, que si bien a lo largo de toda su historia no esgrimió grandes pergaminos a nivel mundial, tuvo por esos años su momento dorado y era el mejor equipo del otro lado del océano. Quizás hasta mejor que Racing en la previa, aunque luego adentro de la cancha nos encargamos de demostrar que los mejores fuimos nosotros. Y juro que mientras siento las yemas de mis dedos seguir tocando mis propias manos, revivo esto y no puedo evitar el sonreírme. 

Aunque en esos tiempos la sonrisa se me había desdibujado bastante, como a la mayor parte de los habitantes del país. Porque Onganía derrocó a Illia bajo la bandera de la Revolución Argentina y al futuro se le sembró enfrente de repente un mayúsculo signo de pregunta en todo sentido. En lo laboral se me cortó el laburo en la tele y nos quedamos en banda. Estábamos puchereando y viendo de que forma nos la podíamos rebuscar para salir adelante. Pero entre tanta incertidumbre que sobrevolaba las cabezas propias y ajenas durante los meses posteriores hubo una única certeza. Solamente una, pero que quizás era de las pocas que esperaba por aquel entonces: Racing estaba a una serie del título del mundo. Algo que hasta ese momento el fútbol argentino de clubes y selecciones solo había soñado, pero que nunca había conseguido materializar con la gloriosa alza del trofeo. Todo está guardado en mi memoria. 

Así llegaron los duelos ante el Celtic. Y aunque nunca fuí partidario de esas analogías que igualan a los partidos de fútbol con las antiguas batallas medievales, en este caso tuvieron un tinte épico que las hizo trascender. Todo tan cerca y a su vez tan lejos para Pizzuti, el Coco, el Panadero, Agustín Mario, el Chango, el Bocha y los demás. No me quiero olvidar de ninguno. Y créanme que no lo hago. Ellos mismos adentro de esa cancha uruguaya me hicieron recordarlos por siempre. Pero corté clavos para llegar a ese momento. Al juego inaugural en Escocia no pude ir por motivos económicos. No estaba en Pampa y la vía, pero tampoco me sobraba nada, como ya lo conté. Entonces me contuve las ganas y más allá de amargarme con la derrota, fuí confiado a la revancha en Avellaneda. Así me hice presente a la cita en nuestra cancha, como quizás lo haya hecho gran parte del país futbolero. Ya me había tocado estar de pebete allá por 1950 en el partido que inauguró la grandeza de nuestro querido Cilindro -imposible el olvidarse del zapatazo de Simes que nos hizo festejar ese día- y creo humildemente por mis dotes de periodista y mi experiencia como hincha, que ante los escoceses hubo más gente aún que en el estreno de nuestra cancha. No me tiembla la voz al afirmar que hubo con holgura más de las cien mil personas que mencionaron las crónicas de la época, que también destacaron como los goles del Toro Raffo y de Cárdenas nos estiraron la ilusión, para que fuera posible llegar al partido desempate. Hacia Uruguay a todo a nada. A lo Racing. Y en la cabeza todavía tengo presente el momento en que compré mi pasaje, ya convencido de que no me perdería esa oportunidad.

Los grandes momentos de la vida suelen anclarse a la familia, entre otros amores -¿Quién sería capaz de persuadirme a esta edad de lo contrario?- . Todo nos retrotrae de una u otra forma hacia aquellas personas que más queremos y en especial, cuando junto a ellas compartimos otras pasiones que adoramos desde el corazón con una intensidad muy similar. Por eso me alegra mucho el hecho de no haber viajado solo hacia Montevideo. En el trabajo estaba medio a los ponchazos, pero había podido hacerme de unos pesos que estaba decidido a usar para estar presente como hincha en el Estadio Centenario. Y en ese momento conté con la mejor compañía que podía necesitar un hincha que entendía que en esos 90 minutos se definía un universo que le escapaba al tiempo de juego contenido en ese reloj tan particular. Mi familia me acompañó con una fidelidad tan sincera como la que profesaba yo por los muchachos conducidos por José. Junto a mi viejo, ya converso fana de Racing, también estuvieron mi novia de ese entonces, que luego sería la madre de mis hijos y a la que amé con el alma a pesar de que falleció muy joven, junto a su madre. Recuerdo sin que mi mente me juegue ninguna mala pasada que los cuatro nos fuimos hacia Colonia en ferri ese mismo día. Viajamos para allá ese sábado 4 de noviembre de 1967. Y una vez en tierra firme del otro lado del charco nos tomamos un colectivo hacia Montevideo, para luego adentrarnos por la pintoresca Avenida 18 de Julio hasta que nos topamos con el templo del fútbol charrúa. Aguante cabeza mía…aguante…que cada vez falta menos.

Yo soy un amante de Montevideo y lo conocí mejor en mi adultez. Por eso a lo largo de ese día fue todo muy nuevo tanto para mí como para mis familiares. Lo único que era imposible de pasar por alto era lo adverso del panorama. Definitivamente íbamos de punto. Porque en ese entonces pensar en que un equipo argentino podía ganar un partido en el Centenario era muy difícil, por no decir imposible. Y no lo digo, porque fue posible. Eso lo sabemos. Pero antes del partido la hostilidad deportiva hacia los racinguistas por parte de la gente era palpable. Desde las miradas, desde los gestos, desde algún comentario que igualmente no faltaba el respeto pero incomodaba, y en especial, desde la enorme cantidad de camisetas del Celtic que había por todos lados, en un tiempo en el que no estaba de moda usarlas. Y que en su momento me llevó a pensar de manera ilusa y algo jocosa -¡Pecado de juventud si los hay!-  una frase que siempre me quedó grabada hasta hoy: “Cuantos escoceses que hay por acá”. Luego entendí que en realidad no había sido así. Hubo algunos europeos, es cierto. Pero aquella jornada sabatina casi todos estuvieron en contra de Racing. No les fue suficiente. 

Al público que fue a hinchar por Racing le dieron toda una tribuna y la platea principal del estadio. Junto a la familia nos ubicamos a la altura de la mitad de la cancha, en la parte más baja de la tribuna media y desde que Pérez Osorio sonó el silbato inicial el partido no dio tregua. Racing equilibró lo que le faltaba de fútbol con despliegue físico y picardía, al mismo tiempo que los que alentábamos al equipo desde afuera intentábamos hacer lo nuestro para dar una mano. Y más allá de mis experiencias posteriores como periodista, soy sincero al afirmar que nunca vi nada igual. Ese día además de nuestras banderas hubo muchas otras de River, de Boca y de muchos otros equipos argentinos en la tribuna que ocupábamos los racinguistas. Y no era casualidad. El Equipo de José jugaba bien. Y además, en ese momento estaba instalada esa euforia latente ante la posibilidad de ver al primer campeón mundial argentino, ya que los títulos de la Selección fueron posteriores. Se le daba importancia a la Copa Intercontinental como lo que era. Ni más, ni menos. Y en este momento mi cabeza le vuelve a abrir de par en par las gloriosas puertas de la memoria, que me permiten ver todo a través del alma mientras que con mis ojos miro el reflejo de mis manos amplificado por los anteojos. Ahora lo veo. Realmente lo vuelvo a ver.

Recuerdo que Maschio recibió la pelota tras la mitad de la cancha y tengo presente esa zancada con la que avanzó unos cuantos metros antes de dársela al Chango. Y después ese zapatazo suyo…ese zurdazo. Juro que lo festejé cuando la pelota aún iba en el aire y antes de que entrara, porque ya se veía en el aire que no iba a haber chance de que Fallon llegara a sacarlo. El gol ese lo grité así. Tengo muy presente que justo al lado nuestro había un grupo de argentinos formado, entre otras personas, por una familia que era toda de River y lo gritaron a rabiar. Lo gritamos como locos. Es que no era para menos. Y si bien no recuerdo sus nombres ni mucho más que lo que relato -alguna mala pasada me tenía que jugar esta cabeza mía- si tengo presente lo más importante de todo: en ese momento todos fuimos de Racing. Todos nos empezamos a sentir campeones.

El público uruguayo no estuvo con nosotros, como ya lo habíamos sentido desde antes del arranque. Por eso cuando se terminó el partido y Racing dio la vuelta olímpica alrededor del campo, le tiraban de todo al equipo y silbaban a los jugadores. Yo traté de no perder la calma más allá de la algarabía generalizada en nuestro sector. Éramos campeones del mundo, sí. Pero a pesar de ser hincha del mejor club de la tierra en ese momento, también era periodista. Por eso observaba la escena y de repente vi algo particular que me hizo dar cuenta realmente de lo que habían logrado nuestros muchachos: Chabay, que era uruguayo y se había formado en su tierra antes de llegar a la Academia, miraba con rabia la actitud que mostraban sus propios coterráneos y puteaba hacia la tribuna. En ese momento realmente tomé conciencia de que lo que acababa de pasar era demasiado grande como para darle la dimensión que merecía y que sería algo que se recordaría por siempre. No por nada lo sigo rememorando ahora como si lo estuviera viviendo de nuevo.

La salida no fue problemática, pero la gente del lugar estaba bastante hostil. Por eso tuvimos que contener bastante el aliento mientras volvíamos a pie por la 18 de Julio con rumbo hacia la parada de colectivos. Yo estaba con mi familia y no quise correr ningún riesgo. Sabía que ya habría tiempo para los festejos. Y en efecto el regreso hacia Montevideo se dio en un micro lleno de racinguistas junto a otros argentinos. Como si esto fuera poco, lógicamente la celebración siguió más tarde en el barco que nos trajó desde Colonia nuevamente hacia Buenos Aires. Tengo presente el momento de la llegada. Fue a eso de las dos de la mañana y debido al cansancio tanto propio como ajeno de quienes me rodeaban no pude ir al Cilindro a festejar junto a la gente y al plantel campeón. Pero me di por satisfecho con lo que había vivido. Como ahora me siento feliz por haber vuelvo a recordar esa alegría, descriptible con la palabra gracias a la acción de la razón y también del corazón.

Yo nunca fui de bardos, como dicen los jóvenes, ni de grandes festejos. Esa condición la adoptaron mi hijo Ricardo y mi hija María Laura, que obviamente salieron fanáticos de Racing. A los dos les tocó la época de un equipo en el ascenso, con problemas y sin títulos hasta el 2001, y siempre me reclamaron a modo de chiste -quizás también un tanto en serio, como si la culpa fuera mía- que yo había vivido los mejores tiempos del equipo. Y la verdad es que tienen razón. Porque gracias a mi profesión me tocó, por ejemplo, estar en México durante el Mundial del 86 y ver a la Argentina campeona. Pero disfruté mucho más del título de Racing. Mi gran alegría fue verlo a Racing campeón mundial. Y como sé que viejos de esa época quedamos pocos y ya no nos dan mucha bola, me pone contento el haber podido saber que mi memoria se rehusa a aceptar el paso del tiempo al contrario de mi persona con el uso de la tecnología, por ejemplo. Hoy por hoy, a los 78 años, ya estoy jovato. No tengo ni máquina de escribir, pero algo puedo esbozar aún con el lápiz. Estoy en contra del celular y de lo tecnológico en general, pero aún la memoria me ayuda y me hace recordar algunas cosas de esas que no se pueden olvidar. ¿Será que el corazón apoya a la mente cuando la cabeza se va poniendo vieja, quizás? Creo que sí. Por eso es que a pesar de que por este presente de pandemia no pueda ir aún a la cancha junto a mi pequeño nieto Santiago a ver a nuestra querida Academia, tengo en claro que este relato mío va a trascender en el tiempo. Y si el tiempo no me permite decírselo, cuando él sea mayor y pueda leerlo por su cuenta, va a poder descubrir ese momento en las palabras de su abuelo. Seguro se va a sentir campeón mundial también. Y eso para mí va a ser tan inexplicable como verlo al Chango Cárdenas de nuevo levantando la copa en alto en el vestuario del Centenario. 

Gracias memoria mía. Gracias corazón mío. Y gracias Racing de mi vida. Te lo agradece Carlos, en nombre de quienes vieron, ven y verán al Primer Campeón del Mundo. 

*Relato basado en los comentarios de Carlos Ferraro, hincha de Racing y periodista presente en el Estadio Centenario de Montevideo el 4 de noviembre de 1967.

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(Racing Club)

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