Futbolista legendario de nuestro club e ícono de una época, se ganó la admiración de propios y extraños tanto adentro como afuera de la cancha debido a una técnica privilegiada y a una gambeta legendaria. Vistió la camiseta académica entre 1917 y 1931, formando con Natalio Perinetti una sociedad de lujo en el fútbol argentino. Hoy se cumple un nuevo aniversario de su partida y Racing saluda su memoria una vez más con el respeto inmutable que se merecen los ídolos.

La afirmación resulta tan obvia como ineludible cuando se hace referencia hacia un pasado como el nuestro: Racing Club cuenta en su haber con 117 años de vida de una riquísima historia repleta de gloria. Y como eso ya es sabido, es también irrefutable el hecho de que luego de tantas jornadas a lo largo del tiempo fueron construidas por una larga lista de galería de símbolos que forjaron la identidad del club, desataron el amor de multitudes y le entregaron a nuestra institución la grandeza de la que todavía hoy disfruta. Nuestra historia no empezó ayer y merece ser contada, ya que es fundamental conocer la historia para saber quienes somos y hacia dónde vamos. Por eso, como homenaje respetuoso y como saludo eterno, se los recuerda en las fechas que ya les pertenecen. A los ídolos académicos, simplemente gracias. Ayer, hoy y siempre.

Las canchas hablaban de Ochoa. La gente hablaba de Ochoa. Y él también hablaba sobre sí mismo. En general con algo de pudor, pero con la sinceridad propia de los que saben, tanto sobre sí mismos como sobre el juego. “¿Si pienso las jugadas? A veces sí: pero cuando se pasa a un jugador y sale otro y otro, ya no se puede pensar nada porque la cabeza no da. Entonces las piernas se encargan de seguir haciendo las gambetas”, le dijo a un medio periodístico allá por 1928 cuando ya era una de las referencias más importantes no sólo de Racing, sino de todo el fútbol argentino. Pero lo que más hablaba sobre él adentro de una cancha sin ningún tipo de dudas era su gambeta. Un movimiento lleno de magia, belleza y plasticidad futbolística que era capaz de obnubilar a los espectadores y desconcertar a sus adversarios en el mismísimo segundo de su ejecución, en un mágico abrir y cerrar de ojos. Los hinchas disfrutaban a más no poder de su gambeta indescifrable y los rivales la sufrían, porque no sabían cómo hacer para sacarle la pelota. Pedro Ochoa se sacaba adversarios de encima con la misma facilidad con la que tiraba paredes con el compañero más cercano. Siempre, por supuesto, con la pelota pegada a su botín derecho. Definitivamente, un crack.

El Rey de la Gambeta, como se lo conoció durante sus días de gloria adentro del field de football, nació el 22 de febrero de 1900 y brilló en el club como entreala derecho entre 1917 y 1931. Durante esos años se cansó de conseguir títulos con la camiseta celeste y blanca (1917, 1918, 1919, 1921 y 1925) y fue una pieza insustituible del legendario equipo heptacampeón. debutó en Primera a los 16 años y, más allá de que le costó adaptarse, terminó ganándose un sitio en el once inicial que era reconocido en el plano local y en el internacional por su gran nivel. En el amateurismo, pese a no ser goleador, convirtió 91 tantos; y, en el profesionalismo, alcanzó a disputar 5 encuentros y a marcar 2 conquistas. Estratega creativo, referente del clásico estilo criollo, integró la Selección en varias oportunidades y fue parte del plantel que conquistó la Copa América de 1927. Su socio principal en todo ese período fue, sin lugar a dudas, Natalio Perinetti, con quien se entendió a la perfección por la banda derecha tanto en la Academia como en el combinado nacional. Ambos estuvieron también presentes dentro del seleccionado que ganó la medalla de plata en los Juegos Olímpicos de Ámsterdam en 1928.

Entre todas las particulares que giran en torno a este mito popular, quizás la más importante sea el aprecio que Carlos Gardel le tenía. “Ser como Ochoíta, el crack de la afición”, escribió el símbolo máximo del tango en “Patadura”, una de sus obras más famosas. Aunque no queden registros fílmicos de sus actuaciones, no resulta difícil imaginarse lo bien que jugaba este señor que se peinaba con gomina hacia atrás y que se adueñó de la casaca número ocho. Por algo, el Zorzal Criollo, habiendo tantos futbolistas en la época, lo eligió para expresar su admiración. 

Corría un sábado 6 de septiembre de 1947 en la ciudad bonaerense de Tandil cuando Ochoa partió físicamente. Desde ese momento en adelante y de manera eterna nos quedará por siempre su recuerdo, sus logros con la camiseta académica y su estampa de crack eterno. De esos que brillan en el cielo cuando por la noche se miran las estrellas, del mismo modo en que alguna vez deslumbraron con su talento adentro de las canchas. 

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(Racing Club)

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