Descripto de manera popular como el mejor wing izquierdo de la historia del fútbol argentino, regó de talento todas las canchas en las que salió a jugar con la camiseta de la Academia. Fenómeno excepcional con la pelota bajo su zurda, pasó por el club entre 1936 y 1944. Uno de esos ídolos que perduran en la memoria colectiva más allá del paso del tiempo y de las generaciones.

La afirmación resulta tan obvia como ineludible cuando se hace referencia hacia un pasado como el nuestro: Racing Club cuenta en su haber con 117 años de vida de una riquísima historia repleta de gloria. Y como eso ya es sabido, es también irrefutable el hecho de que luego de tantas jornadas a lo largo del tiempo fueron construidas por una larga lista de galería de símbolos que forjaron la identidad del club, desataron el amor de multitudes y le entregaron a nuestra institución la grandeza de la que todavía hoy disfruta. Nuestra historia no empezó ayer y merece ser contada, ya que es fundamental conocer la historia para saber quienes somos y hacia dónde vamos. Por eso, como homenaje respetuoso y como saludo eterno, se los recuerda en las fechas que ya les pertenecen. A los ídolos académicos, simplemente gracias. Ayer, hoy y siempre.

El rey de la improvisación, el emblema de la imaginación, el símbolo de la gambeta, el referente de la fantasía. ¿Todo en una misma persona? Sí, todo eso y algo más también, era este fenómeno de la pelota, del fútbol y del sector izquierdo del terreno. Talentoso al mango, capaz de inventar con el balón en los pies lo que no estaba inventado hasta el momento, Enrique García divertía a los suyos y a los rivales con una habilidad irrepetible. Por suerte, Racing lo disfrutó entre 1936 y 1944 y gozó con un jugador de esos que aparecen muy cada tanto. Nacido en Rosario el 20 de noviembre de 1912, llegó a Avellaneda luego de mostrar sus virtudes en Las Rosas, en Brown, en Gimnasia y Esgrima de Santa Fe y en Rosario Central. Según cuenta la leyenda, la Academia lo pagó 38.931 pesos y amortizó la inversión con tanta magia.

¿Rebelde sin causa? Nada de eso. Sí defensor de lo que suele denominarse la esencia del juego. “Soy enemigo de todos los sistemas tácticos: atentan contra la belleza, no hay preciosismo ni improvisación”, declaró alguna vez “El poeta de la zurda” cuando el imperio de la táctica daba la sensación de avanzar sobre las libertades en el terreno. Coleccionista de múltiples apodos, la forma de sus piernas lo hizo merecedor del clásico Chueco, al que adoptó como su segundo nombre. Jugó en total 233 partidos para Racing y estampó su sello en la red 78 veces. Su estreno ocurrió en el estadio de Platense, frente a Tigre, en una derrota por 2 a 1. De ahí en más, lógicamente, no perdió jamás el puesto.

En la Selección, fue pareja de Antonio Sastre, figura de Independiente, y de José Manuel Moreno, de River. Durante mucho tiempo integró la elite futbolística del país. Gastado por las lesiones, su último encuentro con la Academia fue el 17 de septiembre de 1944 en un empate sin goles frente a San Lorenzo. No mucho antes, soltó en el vestuario local una de sus frases más famosas ante la mirada atónica de un masajista que aspiraba a poner sus manos en la pierna derecha del zurdo: “Esa no, dejala así nomás, que la tengo de palo…”. 

La vida se le terminó de manera muy repentina el 23 de agosto de 1969. Tenía apenas 56 años. Y hoy no es un día más para la memoria académica. Se cumple un nuevo aniversario de la partida física de nuestro querido Chueco. Es por eso que la institución se encarga de mantener vivo el recuerdo de uno de esos jugadores geniales que pasaron por sus filas. Esos que enaltecieron hasta el extremo el significado de vestir la camiseta de Racing Club de Avellaneda.

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(Racing Club)

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