El Atómico entró en la historia grande del club tras marcar con un zapatazo memorable el tanto que le dio a la Academia el tricampeonato a finales de 1951. En esta fecha en la que se cumple un nuevo aniversario de su partida física, la institución lo recuerda una vez más para dejar bien en claro que sus ídolos siempre permanencen presentes.

A éstas alturas ya es toda una obviedad el mencionarlo, pero no por eso hay que dejar de hacerlo. Racing Club cuenta en su haber con 117 años de vida de una riquísima historia y un pasado repleto de gloria. Y como eso ya es sabido, es también irrefutable el hecho de que luego de tantas jornadas a lo largo del tiempo fueron construidas por una larga lista de galería de símbolos que forjaron la identidad del club, desataron el amor de multitudes y le entregaron a nuestra institución la grandeza de la que todavía hoy disfruta. Nuestra historia no empezó ayer y merece ser contada, ya que es fundamental conocerla para saber quienes somos y hacia dónde vamos. Por eso, como homenaje respetuoso y como saludo eterno, se recuerda a éstos grandes en las fechas que ya les pertenecen. A los ídolos académicos, simplemente gracias. Ayer, hoy y siempre.

Mario Emilio Heriberto Boyé miró hacia el arco del antiguo estadio de San Lorenzo y no lo dudó. Es que la duda suele atentar contra la acción. Y con la inacción no se festajan los goles. Entonces el jugador hizo lo que cualquier hubiera querido hacer en ese momento, pero que sólo él pudo llevar a cabo: le pegó de tal forma que la pelota viajó con toda la potencia, con toda la dirección y con todo el corazón para incrustarse justo allá, justo en el ángulo, en donde las manos de Manuel Graneros no pudieron llegar. Era el 5 de diciembre de 1951 y el Viejo Gasómetro explotaba de gente porque se jugaba el segundo partido de la definición del certamen entre Racing y Banfield. En el primer encuentro, disputado en el mismo estadio cuatro días antrás de esa fecha, los dos mejores equipos de ese año habían igualado sin tantos. Y en esta cita decisiva, todo iba muy parejo hasta que el Atómico probó desde 35 metros, puso el balón bien lejos del alcance del arquero y le dio a los racinguistas, que venían de consagrarse por partida doble en 1949 y en 1950, el gol que significó la victoria y el tricampeonato.

Después de haber estado en Boca ocho años -debutó en Primera División en 1941-, Boyé pasó por el Genoa italiano y por Millonarios de Colombia y regresó a la  Argentina en 1950 para vestir la casaca blanca y celeste. Nacido el 30 de julio de 1922 en el barrio porteño de Colegiales, se ganó su apodo debido a la fuerza de sus remates y dentro de la cancha se encargó de dejar en claro que este mote siempre le sentó muy bien. Hizo su estreno en las filas académicas el 2 de abril de 1950 en una victoria por 2 a 0 ante el Xeneize y con el tiempo llegó a disputar 84 partidos durante los que marcó 33 goles, además de compartir el ataque junto a otras glorias de la talla de Norberto Méndez, Rubén Bravo, Llamil Simes y Ezra Sued. Jugó por última vez con los colores del club el 30 de agosto de 1953 para luego marcharse a Huracán con dos títulos en el bolsillo y el amor del pueblo racinguista.

“El gol a Banfield en la final de 1951 fue el más importante de mi carrera. Todos querían que ganaran ellos y yo se la clavé en el ángulo a Graneros”, dijo alguna vez Boyé ante la consulta sobre el valor histórico que su conquista había generado. Y como su obra mantiene a los ídolos vigentes más allá del paso del tiempo, en este día Racing Club vuelve a honrar la memoria de quien falleciera el 21 de julio de 1992 a los 69 años, pero que siempre se mantendrá vivo cuando se hable de la gloria deportiva que hizo, hace y seguirá haciendo única a nuestra institución.

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(Racing Club)

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